
Mientras en Lima continúa el megajuicio por los crímenes de la universidad La Cantuta (y Barrios Altos); en Huancayo, los familiares de los muertos y desaparecidos de la Universidad Nacional del Centro del Perú se preguntan: ¿será cierto que justicia, solo en el cielo?
Por Wilber Huacasi
En aquel momento pensó que lo peor estaba por suceder. Un hombre vestido de civil acababa de intervenirlo en forma sorpresiva tomándole del cuello y apretando el cañón de un arma de fuego contra su cintura, mientras le decía en voz baja: “¡Policía!, está arrestado”.
El joven estudiante de la Universidad Nacional del Centro del Perú (UNCP) notó la presencia de otro sujeto que de inmediato le arrancó sus documentos. En cuestión de segundos, fue obligado a subir a un auto volkswagen de color amarillo que avanzaba lentamente por la cuarta cuadra del jirón Ayacucho, en pleno cercado de Huancayo. El vehículo empezó a acelerar con dirección hacia el sur, trasladando al detenido en el asiento posterior, boca abajo, con la cabeza presionada y el cuello apuntado con un revolver.
Aquella mañana del 25 de agosto de 1992, el dirigente estudiantil y miembro del tercio superior, Miguel Ángel Cieza Galván, no sabía si finalmente saldría con vida.
Al día siguiente su madre, Olga Galván, acudió en su búsqueda al cuartel del Ejército Peruano, 9 de Diciembre, donde le informaron que había 19 estudiantes detenidos. Olga asumió que entre ellos se encontraba su hijo. Pero al tercer día, cuando retornó al recinto militar, le dijeron que ya no tenían a ningún estudiante. El padre del universitario, Óscar Cieza, se había sumado a la búsqueda. Pidió apoyo al Poder Judicial, a la Fiscalía, a la iglesia, pero nada. “Y los muertos seguían apareciendo”, recuerda. Olga Galván y Óscar Cieza se sumaban, de este modo, a la lista de familiares que para entonces buscaban a los estudiantes desaparecidos de la UNCP.
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Crónika.